La artesanía pertenece a la tradición mexicana que, desde tiempos inmemorables, creía en el hechizo y el encanto de crear cosas, objetos. Cercanos a los regalos de la tierra y sus materiales únicos, como el barro, la madera, la cerámica, el cobre o la plata, las manos de estos creativos mágicos ornamentaban un cotidiano vuelto, gracias al acto creativo enigmático, ceremonial para complacer a los dioses, consiguiendo un estatuto social privilegiado que reconocía la importancia de sus artefactos.

La época virreinal supo considerar esta tradición creativa, usando esta habilidad e inaugurando la nueva era de un estilo inédito compuesto entre el objeto europeo cristiano y la herencia manual ritual del artesano precolombino. Hoy, la narración de la artesanía sigue inventando lenguajes nuevos frente a una producción en serie nunca original. Los talleres, a menudo familiares, suelen ubicarse en zonas rurales, lejos de la vida urbana acelerada y sin rostro, luchan por defender la excelencia del objeto único, que reúne belleza y utilidad.

La artesanía mexicana es una memoria viva que nos recuerda nuestro potencial de creatividad.

Este objeto es descubierto por primera vez como revelador de sensaciones, una revelación táctil, visual, sensorial, que revela el espíritu humano ante el refinamiento de una intimidad doméstica que lucha, sin cesar, contra la producción en cadena, burda, aseptizada, a la vez común y trivial. Desde esta definición de Monica Moussali, por su estrecha relación con el trazo, ha explorado técnicas nuevas en dos materiales: la cerámica y el cemento.

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